Por: Manuel Guerrero
Falta apenas una semana para el regreso a clases de millones de niños y adolescentes en México. En sus mochilas no solo llevarán cuadernos y uniformes limpios; llevarán también, en el bolsillo, el acceso a un ecosistema que no descansa ni en el salón ni en el recreo. Y junto con ese regreso llega, otra vez, el debate sobre la regulación de los celulares en el aula.
El inicio de ciclo escolar trae consigo una discusión institucional que se repite cada año. En mesas de trabajo gubernamentales y Consejos Técnicos se habla de restringir el uso de celulares en clase y de exigir a plataformas como Meta, TikTok y YouTube que ajusten los algoritmos diseñados para retener la atención de los menores. Se busca, con razón, frenar la hiperconexión y su impacto psicosocial en la infancia.
De la ley escolar a la jerga de la calle
Mientras las autoridades intentan normar el aparato, los jóvenes ya trasladaron la lógica de las plataformas a su convivencia diaria. En los últimos meses se volvió viral entre estudiantes la frase «farmear aura». Para el oído adulto suena a otra moda pasajera —como en su momento los therians o la etiqueta de NPC—, pero el trasfondo es más profundo.
Farmear es un término tomado de los videojuegos: realizar tareas repetitivas para acumular recursos o puntos. Aura, en el código de las redes sociales, es reputación, carisma, respeto social. Un tropezón en el patio, una pregunta mal planteada frente al profesor, una prenda fuera de tendencia: todo «resta aura». Un comentario ingenioso o una indiferencia calculada: «suma aura». La conducta humana y el valor personal ya se cuantifican como en un videojuego.
IA: atajos académicos y acoso automatizado
Esta obsesión por el estatus digital se agrava con la presencia cotidiana de la inteligencia artificial en la vida escolar. Por un lado, se ha vuelto el atajo para resolver tareas en segundos, delegando la memoria y el pensamiento crítico a un modelo generativo con tal de cumplir el expediente sin esfuerzo.
El riesgo mayor aparece cuando esa misma tecnología se dirige hacia la convivencia social. Hoy un estudiante no necesita dominar ningún programa sofisticado para acosar a un compañero: le basta una app de IA generativa para crear un deepfake, alterar una fotografía, clonar una voz o redactar un rumor difamatorio en cuestión de clics. La inteligencia artificial no solo automatiza tareas escolares; también automatizó las herramientas del acoso, y «restarle aura» a alguien puede convertirse en una campaña de ciberbullying en tiempo real.
El espejismo de culpar al algoritmo
Exigir a las grandes tecnológicas mayor privacidad y algoritmos menos agresivos para menores es un deber ciudadano. Que los planteles restrinjan los dispositivos en horario de clase es sentido común. Pero pensar que un reglamento escolar o un decreto oficial va a resolver esto por sí solo es, cuando menos, ingenuo. La tarea pendiente es dejar de buscar culpables externos y asumir la responsabilidad en casa: límites firmes, horarios claros.
Aquí conviene adelantarse a una objeción obvia: decir que «la tecnología es neutra» suena a lugar común, sobre todo viniendo de alguien que trabaja en diseño y sabe que ningún producto digital se construye sin intención. Es cierto que el diseño de estas plataformas está optimizado para retener atención, y eso no es neutral. Pero una cosa es el diseño del algoritmo y otra distinta es la decisión puntual de usar una herramienta de IA para humillar a un compañero de clase; ahí no hay algoritmo que empuje el dedo, hay una persona decidiendo hacerlo. La IA no inventó el deseo de aplastar al otro para destacar: le dio una supercomputadora para hacerlo en segundos.
La responsabilidad no se delega
Ninguna ley estatal apaga la tablet a las diez de la noche. Ninguna circular de la SEP supervisa qué prompt está corriendo un niño encerrado en su cuarto después de la tarea. Tratar el celular como niñera para no batallar en casa tiene un costo alto: entregamos la construcción de la identidad y la ética de nuestros hijos a plataformas cuyo único objetivo es monetizar su atención.
Culpar al desarrollador o al algoritmo se ha vuelto la coartada perfecta para la irresponsabilidad — es como culpar al fabricante de cuchillos por un homicidio. Las leyes son un marco de contención necesario porque vivimos en sociedad, pero jamás van a sustituir el criterio que se forja en familia.
Al final, la fragilidad digital y el ciberacoso entre jóvenes no nacieron en Silicon Valley; se incubaron en casas donde la supervisión se reemplazó por una pantalla. Si como adultos nos escudamos en exigirle al gobierno mientras entregamos dispositivos sin límites ni formación, estamos renunciando a la tarea de educar. La herramienta no juzga, no educa, no tiene moral. Esa tarea sigue siendo, nos guste o no, estrictamente humana.
Nos vemos en la próxima entrega; recuerda, lo leíste en Sin Tinta Ni Carbón.
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