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sábado, agosto 15, 2026

ESPECTROS DE CRISTAL

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Por: Manuel Guerrero

Hace un par de semanas pusimos sobre la mesa un tema que parecía de ciencia ficción, pero que ya nos alcanzó: los Deathbots, esos clones hechos de puro código diseñados para imitar a quienes ya fallecieron. Analizábamos cómo la tecnología es capaz de estirar la memoria colectiva hasta convertirla en un fantasma virtual.

Debo confesar que ese asunto me dejó dando vueltas en la cabeza varias noches. Tras publicar la columna, me descubrí a mí mismo en ese vicio tan de nuestra época: postergar el sueño pegado a la pantalla, saltando de un video a otro. Fue en medio de ese insomnio digital cuando me acordé de una recomendación que me habían hecho y decidí buscar en Netflix el documental El Dilema de las Redes Sociales.

Para no hacer el cuento largo, el resumen de ese trabajo es corto pero bastante incómodo: las plataformas de internet no nos venden un producto; el producto real somos nosotros. El negocio de las grandes corporaciones tecnológicas es modificar nuestra conducta, minuto a minuto, para mantenernos atados al dispositivo.

Al terminar de verlo, los cabos se ataron solos en mi mente. Ambos temas, los clones de los fallecidos y el diseño adictivo de las aplicaciones actuales, caminan hacia el mismo precipicio, solo que desde direcciones opuestas. Es una comparación que debería congelarnos la sangre. Mientras los Deathbots intentan simular vida y empatía donde ya solo hay muerte, las pantallas y el uso descuidado de la Inteligencia Artificial hacen lo contrario: están borrando la humanidad donde hay vida. El resultado es el aumento de la insensibilidad digital en jóvenes, volviéndolos seres cada vez más antisociales.

¿Por qué estos dos fenómenos van de la mano? Porque ambos lucran con la ausencia de interacciones humanas verdaderas. En el caso de los adolescentes, el daño avanza sin hacer ruido. Al cambiar la convivencia real —esa que tiene roces, malentendidos y aprendizajes afectivos cara a cara— por la comodidad de un chat automatizado o el flujo infinito de una red, el cerebro se va anestesiando.

En la vida real, si lastimas a un amigo con un comentario, ves su reacción, notas su dolor y aprendes a medir tus palabras. En la pantalla no pasa eso; ahí solo existe un botón de block o un carpetazo digital. Así es como se va perdiendo la empatía más básica y se fomenta una preocupante apathy. Los muchachos ya no se aislan por timidez, sino porque el algoritmo les fabrica un refugio perfecto donde no experimentan frustración, rechazo ni aburrimiento. Prefieren hablar con un software programado para complacerlos que con otra persona. Los estamos convirtiendo en fantasmas en vida.

Para muestra basta un botón: ¿cuántos accidentes o personas violentadas vemos pasar a diario en las plataformas de video? No importa si es un joven, un adulto, un niño, una mujer o un hombre. El instinto de ayuda hoy por hoy se ve completamente apagado. En cambio, como si de un duelo del viejo oeste se tratara, sale más rápido un celular para grabar la desgracia ajena que una mano dispuesta a ayudar. El morbo digital pesa más que la compasión.

Es por eso que estamos viendo a una generación entera atrapada en una vitrina de cristal: están completamente visibles ante el mundo, pero al mismo tiempo permanecen intocables, solos y desconectados de su realidad.

De esta epidemia silenciosa nadie se salva, y esto es lo que nos toca asumir como sociedad. No importa la edad del usuario y mucho menos su estrato social. Las matemáticas detrás de las pantallas son frías y muy democráticas. Al sistema no le interesa si el teléfono es el último modelo de gama alta en una zona exclusiva o un equipo usado en una comunidad vulnerable; el objetivo de la plataforma es exactamente el mismo: devorar el tiempo de la persona, romper su círculo social y normalizar la insensibilidad digital en jóvenes.

¿Cómo notar si este problema ya se metió a nuestras casas? ¿De qué manera podemos identificar las señales de alerta antes de que el aislamiento sea irreversible? De esos síntomas específicos y de las acciones urgentes que nos toca emprender, platicaremos en la siguiente entrega.

Nos vemos en la próxima; recuerda, lo leíste en Sin Tinta Ni Carbón.

X: @MannyWarrior

FB: Manny Warrior

 


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Por: Manuel Guerrero

Hace un par de semanas pusimos sobre la mesa un tema que parecía de ciencia ficción, pero que ya nos alcanzó: los Deathbots, esos clones hechos de puro código diseñados para imitar a quienes ya fallecieron. Analizábamos cómo la tecnología es capaz de estirar la memoria colectiva hasta convertirla en un fantasma virtual.

Debo confesar que ese asunto me dejó dando vueltas en la cabeza varias noches. Tras publicar la columna, me descubrí a mí mismo en ese vicio tan de nuestra época: postergar el sueño pegado a la pantalla, saltando de un video a otro. Fue en medio de ese insomnio digital cuando me acordé de una recomendación que me habían hecho y decidí buscar en Netflix el documental El Dilema de las Redes Sociales.

Para no hacer el cuento largo, el resumen de ese trabajo es corto pero bastante incómodo: las plataformas de internet no nos venden un producto; el producto real somos nosotros. El negocio de las grandes corporaciones tecnológicas es modificar nuestra conducta, minuto a minuto, para mantenernos atados al dispositivo.

Al terminar de verlo, los cabos se ataron solos en mi mente. Ambos temas, los clones de los fallecidos y el diseño adictivo de las aplicaciones actuales, caminan hacia el mismo precipicio, solo que desde direcciones opuestas. Es una comparación que debería congelarnos la sangre. Mientras los Deathbots intentan simular vida y empatía donde ya solo hay muerte, las pantallas y el uso descuidado de la Inteligencia Artificial hacen lo contrario: están borrando la humanidad donde hay vida. El resultado es el aumento de la insensibilidad digital en jóvenes, volviéndolos seres cada vez más antisociales.

¿Por qué estos dos fenómenos van de la mano? Porque ambos lucran con la ausencia de interacciones humanas verdaderas. En el caso de los adolescentes, el daño avanza sin hacer ruido. Al cambiar la convivencia real —esa que tiene roces, malentendidos y aprendizajes afectivos cara a cara— por la comodidad de un chat automatizado o el flujo infinito de una red, el cerebro se va anestesiando.

En la vida real, si lastimas a un amigo con un comentario, ves su reacción, notas su dolor y aprendes a medir tus palabras. En la pantalla no pasa eso; ahí solo existe un botón de block o un carpetazo digital. Así es como se va perdiendo la empatía más básica y se fomenta una preocupante apathy. Los muchachos ya no se aislan por timidez, sino porque el algoritmo les fabrica un refugio perfecto donde no experimentan frustración, rechazo ni aburrimiento. Prefieren hablar con un software programado para complacerlos que con otra persona. Los estamos convirtiendo en fantasmas en vida.

Para muestra basta un botón: ¿cuántos accidentes o personas violentadas vemos pasar a diario en las plataformas de video? No importa si es un joven, un adulto, un niño, una mujer o un hombre. El instinto de ayuda hoy por hoy se ve completamente apagado. En cambio, como si de un duelo del viejo oeste se tratara, sale más rápido un celular para grabar la desgracia ajena que una mano dispuesta a ayudar. El morbo digital pesa más que la compasión.

Es por eso que estamos viendo a una generación entera atrapada en una vitrina de cristal: están completamente visibles ante el mundo, pero al mismo tiempo permanecen intocables, solos y desconectados de su realidad.

De esta epidemia silenciosa nadie se salva, y esto es lo que nos toca asumir como sociedad. No importa la edad del usuario y mucho menos su estrato social. Las matemáticas detrás de las pantallas son frías y muy democráticas. Al sistema no le interesa si el teléfono es el último modelo de gama alta en una zona exclusiva o un equipo usado en una comunidad vulnerable; el objetivo de la plataforma es exactamente el mismo: devorar el tiempo de la persona, romper su círculo social y normalizar la insensibilidad digital en jóvenes.

¿Cómo notar si este problema ya se metió a nuestras casas? ¿De qué manera podemos identificar las señales de alerta antes de que el aislamiento sea irreversible? De esos síntomas específicos y de las acciones urgentes que nos toca emprender, platicaremos en la siguiente entrega.

Nos vemos en la próxima; recuerda, lo leíste en Sin Tinta Ni Carbón.

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